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Kiko narvaez --hilo oficial--
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Re: Kiko narvaez --hilo oficial--
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#1543245
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KIKO GOL.....................que le pregunten a Caracorner y al Pelucas, porque este señor no esta trabajando en el Club..............no interesan nada mas que sus pelotas-correveidiles
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17-05-2008 16:47:21
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Gracias por colaborar con nosotros. En breve comprobaremos el post que has denunciado y actuaremos consecuentemente.
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Re: Kiko narvaez --hilo oficial--
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#1543851
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Francisco Narváez, como el genio incomprendido que siente en sus carnes el desagrado de la puerta de atrás, abandonó llorando el Vicente Calderón el día de su despedida como jugador del Atlético de Madrid. Tras ocho temporadas, una lesión y casi un centenar de goles, se despedía, y nadie se acercaba a escuchar su llanto, el último gran genio que conoció la parroquia rojiblanca.
Y eran sus lágrimas una llamada al agradecimiento perdido más que una manera de reivindicarse como el último mohicano del fútbol auténtico, porque cuando en Kiko se unieron el arte y las ganas, salió un jugador de los de verdad al que, en su club, nunca quisieron reconocer como adalid del verdadero espectáculo. De carácter rebelde y simpatía desbordante, el bueno de Francisco nunca consiguió simpatizar con las ideas caciquistas de un presidente más dado a la publicidad de sus gestos que a la fortuna de sus acciones y por ello, el día en que dijo adiós dejaba un reguero de lágrimas, fruto de una despedida sellada con una patada en el trasero y un certificado de invalidez que le convertía en un inútil más que en un caballero del fútbol.
“Kiko cojo. Muérete”. Aquella pancarta que había colgado de la grada del Calderón unos meses antes, le había señalado como el auténtico culpable de un fracaso que él nunca cuajó en sus ánimos. Una desafortunada lesión en el Nou Camp, dos años antes, le había mandado a la enfermería durante mucho más tiempo de lo que él mismo hubiese podido imaginar. Cuando regresó no consiguió ser el mismo, sus miedos habían podido con él y sus giros, sus quiebros y sus maneras de asistir habían perdido la esencia que le habían convertido en ídolo y gracia de una parroquia más acostumbrada a sufrir que a gozar durante los últimos años. Pero de ahí a señalarle como inválido y culpable mediaba un abismo, el mismo que mediaba entre los vítores que había recibido durante sus primeros años como héroe y duende del césped y el odio que ahora causaban sus pocas muestras de genialidad. No era simple desidia, simplemente ya no podía.
Y como no fue capaz de explicar que el fútbol le había traicionado de la peor manera, no tuvo más remedio que convertirse en el dueño de sus propias frustraciones, tragarse todos sus egos y acudir aquella mañana al Vicente Calderón para despedirse por siempre y en silencio de la que había sido su casa durante más de ocho años. Y desde arriba solo recibió acusaciones, falta de tacto y ni una sola palabra de agradecimiento. Porque Kiko, el jugador que un año antes había sido utilizado como la imagen perenne del sentimiento rojiblanco que habría de sufrir un añito en el infierno, era ahora defenestrado y señalado con el dedo como el único instigador del fracaso. Le dijeron adiós y la única palmada que recibió en la espalda había sido para acompañarle a la salida y cerrar la puerta tras de sí en un gesto que le indicaba que aquella casa estaría cerrada por siempre para él. Y Kiko lloró porque sintió en su interior el peso del recuerdo y supo que todo lo que había logrado había sido enviado al baúl del olvido. Aquello le hizo estremecer; nunca nadie le había agradecido tan poco habiendo entregado tanto. Cuando regresó de la lesión, sus tobillos estaban saturados de fútbol y eso lo sabían tanto Kiko, como el cuerpo técnico, como la directiva. Quizá se le quiso ocultar al aficionado el ocaso de su ídolo, pero Kiko nunca le dio la espalda al éxito y por ello y por el compromiso de fidelidad que le unía a su afición, decidió regresar aunque supiese que aquel regreso significaría quedar arrastrado para siempre en un campo de fútbol. Y ahora que analizaba su pasado, sus intentos y todos los abrazos enviados a la afición en forma de dolor, lloraba al sentirse incomprendido. “Kiko cojo. Muérete”. Nunca nadie le había golpeado tan fuerte como lo había hecho esa pancarta en lo más profundo de su alma.
Cuando Kiko llegó al Atlético, las ilusiones se convirtieron en hechos de esperanza. Estuvo a punto de firmar con el Deportivo La Coruña, pero dos promesas y el calor de la palabra fácil le hicieron decantarse por el segundo equipo de la gran capital. Nunca se arrepintió, ni cuando sentía en el alma el dolor de una traición, ni cuando supo que la crítica y aquellos que le habían abrazado le estaban convirtiendo en un ex futbolista por la vía rápida. Llegó joven y se marchó con el alma envejecida. De verbo locuaz y chiste fácil, Kiko cayó bien en el vestuario desde el primer momento. Sus dos primeras temporadas fueron malas, alternó un día bueno con diez malos y comenzó a sentir en el alma el dolor del aficionado en forma de silbido. Si se esperaba mucho de él, ciertamente no estaba cumpliendo con ninguna de sus expectativas. De vez en cuando marcaba un gol y se marcaba una fantástica maniobra y aquello hacía relucir esperanzas dentro de su cuerpo trasteado. Llegó como artífice de una medalla de oro olímpica y terminaba sus primeras temporadas como la gran decepción de un club que llevaba varios años soñando con cotas mayores. Le separaron de sus mejores amigos y Kiko abandonó la farándula para convertirse en futbolista.
A Kiko siempre le valieron más las palabras que los hechos y por ello, cuando se vio sólo y bien aconsejado comenzó a fundir en su alma el genio de uno de los mejores futbolistas de Europa. Kiko comenzó su tercera temporada entre la duda y la terminó entre las nubes, había nacido un nuevo Dios para la parroquia rojiblanca. Los mejores detalles de aquel doblete que siempre viajaría en el corazón de cada uno de los integrantes de aquella plantilla, habían nacido del carácter y las botas de Francisco Narváez, el Kiko futbolista y el genio nacido en Jerez que había abandonado su tierra para hacer exactamente aquello por lo que le habían contratado, divertir. Le apodaron “Kikogol” y a pesar de no haber sido nunca un especialista de cara a la meta rival, la sintonía de su apodo invadió el eco del Calderón un domingo tras otro. “Kikogol”. Y él respondía con talento, porque de sus botas no podía salir otra cosa.
Cada temporada fue mejorando sus registros. De sombra de Caminero se convirtió en auténtico líder del equipo. Le daba igual que le acompañase Penev, que Esnáider, que Vieri. Kiko repartía el fútbol por doquier y todos se aprovechaban de su genio. Los delanteros porque en cada pelota recibida encontraban un motivo para no fallar, los aficionados porque su sonrisa se tornaba infinita con cada maniobra y el mundo porque encontraba en Kiko al eslabón perdido entre el delantero centro y el asistente genial.
La última vez, antes de esta, en la que Kiko había llorado fue la misma noche en la que cayeron eliminados de la Copa de Europa frente al Ajax. Kiko hizo el mejor partido de su vida y cada balón lo convirtió en asistencia y cada asistencia en peligro de gol. Pero cada ocasión quedó solamente en eso, en mero peligro inacabado. Y entre Dani, Esnáider, Van der Sar y la mala suerte, pusieron al Atlético fuera de un sueño que comenzaba a considerar como alcanzable. De nuevo la leyenda de un equipo ciñéndose a la historia y Kiko, como el baluarte de una afición que no esperó mucho más de lo que recibió, llorando amargamente una eliminación que bien podía haberles puesto de camino a la gloria tal y como se comprobó más tarde, porque las lágrimas que Kiko gastó aquella noche en su tristeza se tornaron en rabia en el momento en el que comprobó como aquella edición de la Copa de Europa era ganada por el Borussia Dortmund, el mismo equipo al que habían bailado ante los ojos del mundo una fría noche de invierno alemán.
Aquella, su cuarta temporada en el Atlético de Madrid había sido la más espectacular en cuanto a juego y la más desafortunada en cuanto a resultados. A la aciaga noche madrileña ante el Ajax de Ámsterdam, le precedió una eliminatoria inolvidable ante el Barça en la Copa del Rey en la que sintieron en sus carnes el dolor del resultado más espantoso; después de ganar por cero a tres terminaron perdiendo por cinco a cuatro. Kiko sacó conclusiones y la principal llevó un nombre propio: Ronaldo. Aprender a alucinar con los rivales no tenía porque ser motivo de desaliento, la derrota dolió, y mucho, pero ver a Ronaldo en acción, aun sufriéndolo en las propias carnes, seguro que le valió la pena a cualquiera de sus compañeros.
Cuando acabó el año ni los goles ni las asistencias sirvieron de mucho ante la escasez de títulos, y ni siquiera el premio del mundial vino a convertir a Kiko en el estandarte de un país sediento de gloria. La eliminación en Francia truncó tantos sueños como esperanzas y le devolvió de nuevo a la realidad de la manera más cruel. De nuevo volvió a ver sobrevolar la crítica sobre su cabeza y de nuevo se puso precio a su cuello de jugador artista; el peso de la responsabilidad le agitó sobremanera y aquel verano no descansó como debía, más que nada porque había necesitado éxito y solamente había encontrado fracasos en una temporada en la que se había sentido en mejor forma que nunca y en la que, alguna noche, tuvo que estrellar sus frustraciones contra el aire al tiempo que intentaba dormirse.
Cuando comenzó su quinta temporada en el Atlético de Madrid estaba tan sediento de gloria como cuando debutó en Primera con el Cádiz. Tenía veintiséis años y se sentía igual que cuando tenía dieciocho, la misma energía, la misma ilusión y mucho más fútbol. Le pusieron un nuevo compañero en la delantera y con él dibujó los mejores actos dentro del teatro rojiblanco del Calderón. Se llamaba Cristian Vieri y a los pies de Kiko le debió más de la mitad de los veinticuatro goles que marcó en aquella liga y que le convirtieron en el pichichi del campeonato.
Kiko estaba entonces como nunca. Patentó el arte de recibir de espaldas, supo aguantar el balón el tiempo necesario y casi nunca se equivocó en sus decisiones. Pero aquella temporada que había comenzado con las expectativas en lo más alto terminó en el solemne pozo de la mediocridad. Antic, el entrenador que había llevado al Atlético a lo más alto y con el que Kiko ya había tenido más de un roce, fue despedido por monotonía y el equipo zozobró en la miseria de la zona templada de la liga. Kiko veía pasar sus mejores años sin gestar logros importantes y aquello le producía una comezón en el ansia de lo más preocupante. Y llamaron a su puerta varias veces. Y unas veces él y otras el club, desestimaron las ofertas porque Kiko era entonces el baluarte de una afición que comenzaba a temer otros veinte años de sequía.
Y llegó un nuevo entrenador y con él una nueva etapa. Con Sacchi, Kiko jugó sus mejores minutos como rojiblanco pero el equipo comenzó el hundimiento deportivo que daría con sus huesos en la Segunda División dos temporadas después. Un hundimiento que comenzó a fraguarse una fría noche de invierno de mil novecientos noventa y nueve. El Atlético acudió al Camp Nou como víctima propicia para ser devorado por la fiesta del centenario azulgrana. La primera parte se comía los minutos, el partido no ofrecía mucho que reseñar y Kiko recibió un balón en la zona de tres cuartos de cancha. Giró sobre sí mismo como tantas otras veces y su tobillo crujió como nunca antes lo había hecho. Se derrumbó al instante y con el gesto compungido rogó al cielo una ayuda y al árbitro la entrada de una camilla. Kiko abandonó aquella noche el Nou Camp en camilla como el mejor futbolista del Atlético de los últimos años y con su tobillo maltrecho no solo se marchó un jugador sino que se marchó para siempre un duende como no se había visto otro.
Kiko, que había puesto de moda la postura del arquero para celebrar sus goles, tuvo que conformarse con disparar las flechas de su deseo contra el tiempo. Cuánto más rápido deseó curarse más veces volvía a recaer. No le operaron de un tobillo sino de los dos y en sus articulaciones encontraron motivos más que suficientes como para recomendarle abandonar la práctica del fútbol; sus tobillos estaban completamente destrozados. Y aquellas palabras, la inactividad y el miedo a una recaída mermaron el ánimo de Kiko hasta ponerlo de patitas en la duda ¿De verdad merecía la pena? Por el Atlético, sí.
Por el Atlético y por volver a sentir el eco del Calderón sobre su piel de gallina, se conjuró para regresar al césped y anotar, en la memoria de los aficionados, nuevas jugadas geniales que arrancaran el aplauso. Mientras Kiko estuvo defenestrado por la lesión, el Atlético se quedó sin Sacchi, sin gloria y sin Copa del Rey tras perder una final aciaga ante el Valencia de Ranieri, justo el mismo entrenador que volaría al año siguiente al Vicente Calderón para hacerse cargo del Atlético de Madrid y dar la oportunidad a Kiko de regresar a la élite y a la pasión rojiblanca.
Y con Ranieri llegó Hasselbaink y todos se olvidaron durante meses de Kiko porque aunque pareciese increíble, Hasselbaink era capaz de golear a tutiplé sin la ayuda del gaditano y sobre la grada comenzó a recorrer un runrún que inquietaba el alma del más sabio ¿De verdad necesitamos a un lisiado? Y Kiko se dolió en el alma al comprobar que a él también comenzaban a olvidarlo aún cuando seguía siendo futbolista del equipo. Pero el mes de diciembre de mil novecientos noventa y nueve cayó como un hachazo fulgurante sobre el Atlético de Madrid. El club que se vio embargado y defenestrado por las hazañas políticas y económicas de su presidente. Cada jugador de la plantilla comenzó a buscarse un futuro y dejaron en manos de la adversidad el destino del club.
Kiko reapareció a mitad de temporada pero el equipo ya se había convertido en una auténtica amalgama de imprecisiones. La falta de inquietudes desmotivó a una plantilla más pendiente de su nómina embargada que del balón sobre el terreno de juego. Ni Kiko, ni Hasselbaink, ni los miles de seguidores que lloraron aquel fracaso, pudieron evitar un descenso que llevaba meses fraguándose. Y Kiko sintió como empezaban a mirarle de reojo, como si su reaparición hubiese llevado más gotas de fracaso que la participación en el juego de cualquier otro jugador y más aún cuando el Atlético, con la memoria y las espaldas manchadas, se dejó ganar una final que luchó a cara de perro ante un Espanyol de Barcelona que le enseñaba al mundo y, mucho más, al Atlético, que los peores problemas de salud se curan con cantera.
Y el equipo se disgregó porque nadie quiso mirar, ni siquiera de soslayo, la posibilidad de jugar en Segunda División. Y Hasselbaink se marchó al Chelsea, y Solari al Madrid, y Valerón, Molina y Capdevilla al Dépor, y Baraja al Valencia y así, el equipo quedó sediento de figuras y con el alma descompuesta ante un futuro de lo más incierto. Pero a Kiko volvieron a ponerle en duda su decisión y esta vez de nuevo se vio fulgurado por la palabra parca y el gesto incómodo. Esta vez era una duda ajena, la duda de quienes una vez le aclamaron como estandarte y ahora dejaban entrever que Kiko tenía todas las papeletas para cargar con la culpabilidad de un descenso no programado. Y Kiko calló, calló por no dolerse a sí mismo y decidió apostar su futuro a un ascenso que tapase más bocas que grietas deportivas. Y su imagen, presa de una demagogia absoluta, fue utilizada como trampolín publicitario con el fin de conseguir que más de treinta mil aficionados le escupiesen a la pereza y al desánimo y se acercasen a las oficinas del Vicente Calderón para hacerse socios del Atleti. “Un añito en el Infierno”. Y Kiko, su imagen y el sentimiento arrastraron a más de cuarenta mil y el club se vio desbordado y agradeciendo por todas el gesto de una afición que, como un león herido, deseaba por todas una redención.
Pero a Kiko solamente le arrojaron una duda tras otra y sobre él cayeron todas las culpas a medida que la temporada fue devorando a la fiera y el Atlético se fue quedando sin ascenso. Y llegó un día en el que ni Kiko ni la afición pudieron más y se dolieron en sus almas por saberse perdedores de un duelo contra el recuerdo, porque el Kikogol que bautizó la grada una templada tarde de doblete se había convertido en un simple adorno de salón sobre el campo.
“Kiko cojo. Muérete”. No se murió, pero se fue. Se fue con la palabra a medias entre sus decisiones y las decisiones de su directiva. No le agradecieron ningún servicio prestado e incluso se sintió culpable por haberse lesionado y haber terminado, en sí mismo y para siempre, con un genio como hubo pocos. Y el mismo día en el que Kiko salió del Vicente Calderón con su libertad y despido en la mano, sintió en el alma el escalofrío del abuelo que es abandonado por sus hijos tras una vida plena de dedicación. Y por ello y por saber que nunca más volvería a sentir el eco del Calderón sobre su piel de gallina, Kiko recorrió llorando los últimos metros que le separaban de su pasado y le encaminaban ante un futuro plagado de dudas, silencios e inexistencias.
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17-05-2008 18:28:54
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Re: Kiko narvaez --hilo oficial--
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#1543857
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El mago sobrevivió a la operación. El mago es un tatuaje en la pierna izquierda de Francisco Narváez Mochón, Kiko. El bisturí tuvo que reparar hace un par de años los tobillos de Kiko, convertidos en un puré de ligamentos y tendones. El bisturí que desenredó aquel amasijo de cables cortocircuitados rozó la túnica del mago, pero no llegó a borrar su varita mágica. No, señor. El mago y la varita salieron indemnes. El tatuaje no tiene explicación, salvo las inspiraciones instantáneas que asaltan a este futbolista de 29 de años desde que era alevín. “Fui con Superlópez a la tienda y me gustó el mago. No hay que darle más vueltas”. Superlópez fue defensa del Atlético de Madrid, un chaval de barrio con tracas de macarrilla, de los que meten la pierna como el que mete un estacazo, pero de frente y a tibia descubierta. En el fondo un pedazo de pan, jubilado prematuramente por las lesiones. “El Súper es el tipo más feliz del mundo”, asegura Kiko. “Y es mi amigo”. Kiko también se había resignado a retirarse antes de tiempo. “Estaba muy tranquilito, durmiendo de un tirón. Trabajando en la radio, que me encanta. Jugando pachangas para no perder la forma. Viviendo”. Incluso se había dado a sí mismo un ultimátum. Si el 1 de enero continuaba sin equipo, colgaría las botas. Los que habían vaticinado su entierro como futbolista sonreían entre colmillos. Está acabado… Descanse en paz y adiós muy buenas. Después de todo, la pancarta que quedó como despedida del club del que fue santo y seña durante ocho años le ordenaba: “Kiko, cojo, muérete”. “No me molestó personalmente. Me dolió por las personas con problemas físicos. Lo sentí por la gente con minusvalías”, recuerda. Lo dice alguien que estuvo dos meses en una silla de ruedas después de pasar por el quirófano. “Cuando me pude levantar, andaba como las muñecas de Famosa que se dirigen al portal. Pasito a pasito. Me tuve que ir a una clínica en Francia para aprender a caminar de nuevo”. El suplicio no acabó ahí: 400 días sin jugar un partido oficial y 400 noches durmiendo a ráfagas, desesperándose de ganas de volver a vestir la camiseta rojiblanca. Cuando por fin reapareció, algo no funcionaba. “Los tobillos están más fuertes que antes de la operación. Corrí en el campo como nunca había corrido. Me vacié”. Los cirujanos escudriñaron las radiografías de sus articulaciones impecablemente soldadas. Todo normal. Y, sin embargo, Kiko ya no era el prestidigitador que convertía al primer toque un balón en una paloma mensajera. Ni transformaba la media luna del área en un biombo donde combinar paredes de espaldas a la portería. Ni serraba la cintura de un central de un regate seco. Ni de un taconazo era capaz de abrir un pasillo entre un mar de piernas, como un Moisé andaluz con ganas de ‘cashondeo’. Con el trasiego de escayolas, sus tobillos habían perdido algo inaprensible. Llámese duende. O polvillo de hadas. De la antigua magia sólo quedó aquel Merlín huérfano de tinta verde. Otro amigo, Juanito, también ex compañero del Atleti, reconvertido en presidente de un modesto club de segunda, el Extremadura, lo vio por televisión, contando lo a gusto que se está fuera de un terreno de juego. Sin presiones. E intuyó que la procesión iba por dentro, que ya estaba bien de poner buena cara a tanta humillación y que un grande del fútbol no se puede rendir así como así. Y le pegó un telefonazo. “Kiko, vente para Almendralejo”. Y Juanito no se lo podía creer cuando, después de un instante de silencio, apenas unas décimas de segundo, escuchó en el móvil: “Voy”. Otra vez la intuición, como un chispazo, que es el timón de su vida y de su juego. Y que Kiko, empeñado en subestimarse, califica simplement de “puntazos que me dan”. El pasado verano se le comparaba con Guardiola, dos astros que abandonaban sus respectivos clubes de toda la vida y se marchaban a la aventura, sin cubrirse las espaldas negociando antes sus traspasos. “No, hombre no. Guardiola es un monstruo. Él puede elegir. Italia, Inglaterra… Yo me tengo que conformar con lo que me echen”, dijo entonces. El jugador catalán vive ahora una pesadilla que amenaza su carrera y su prestigio, manchados por la sombra del dóping. Kiko lleva dos años instalado en un calvario personal del que sólo habla para no tomarlo en serio, para reírse de su sombra. Y aunque lo niegue con su guasa inagotable, Extremadura es su última oportunidad para volver a ser el que era. Para demostrar que, en realidad, nunca ha dejado de ser el de siempre desde que dejó el barrio jerezano de La Granja, siendo un crío, para convertirse en aprendiz de otro hechicero, Mágico González, en la cantera del Cádiz. El salvadoreño era un genio extravagante, capaz de quedarse dormido en el descanso de un encuentro mientras le daban un masaje. Y despertarse con hambre, comerse un bocata de chorizo, salir del vestuario olvidándose de los calcetines, marcar el gol de la victoria y poner el estadio Ramón de Carranza patas arriba. Durante una concentración, el Mágico se ligó a una norteamericana y se la llevó a la habitación del hotel. Se desató un incendio que arrasó un ala entera del edificio. El Mágico ni se enteró, arrullado por el sopor que sigue al sexo, roncando plácidamente. Sólo cuando los bomberos derribaron a hachazos la puerta de su dormitorio se levantó, obnubilado aún, y con las manos en alto gritó: “¡Yo no he sido!”. A Kiko le impresionó aquel emigrante flacucho y melancólico, siempre con hambre y con sueño, que añoraba su patria, gangrenada por la guerra y la miseria. “Maradona lo vio jugar y dijo que era mucho mejor que él. Pero al Mágico sólo lo podían entender en Cádiz. En un club grande no le hubieran perdonado sus rarezas. En Cádiz se hacían chistes”. A Kiko le llamaban entonces Enano Cabezón por su corta estatura. Pero dio un estirón tardío y con veinte años medía 189 centímetros. Fue internacional sub 21, ganó el oro olímpico en Barcelona y, supersticioso, siempre ha llevado el dorsal 19 desde entonces. Se convirtió en una estrella. Un tipo flamenco y campechano, seguidor de Camarón, que embrujaba la pelota con un zapateado. No era rápido. Tampoco era un cabeceador a pesar de su estatura. No marcaba muchos goles, aunque terminaron apodándole Kikogol. Pero tenía algo. Una chispa, un soplo divino, una chistera impredecible. Fichó por el Atleti, un club deprimido por un maleficio desde que a Reina le marcaran el gol más tonto del mundo en el último suspiro de una aciaga final de la Copa de Europa. La magia de Kiko desactivó la maldición. Pero también su buen humor, la ilusión que era capaz de contagiar a su alrededor. El Atlético dejó de ser, por una vez, el Pupas, y llegó el doblete en la temporada 1995-96: la Liga y la Copa. Jesús Gil chapoteó en la fuente de Neptuno como una inmensa albóndiga feliz. Y Kiko siguió dando tardes de felicidad a los colchoneros. Se entendía con el italiano Vieri con una mezcla de silbidos y telepatía. Se inventó una pose para celebrar un gol que ha pasado a la historia. Los cronistas la bautizaron ‘El Arquero’. Incluso hubo quien conjeturó que se trataba de un sutil homenaje a Robin Hood, una flecha lanzada al cielo por un héroe suburbial. Kiko se ríe. “¿’El Arquero’? ¿Qué arquero ni que Robin Hood ni qué ocho cuartos? Marqué el gol, me tiré de rodillas y no pensé en nada. Me vino el pronto. Pero no sabía lo que había hecho hasta que lo vi por la tele”. Otra vez la bendita inspiración. El súbito relámpago del que no se siente responsable. O llega o no llega. Lo que llegó fue la decadencia. El problema de acostumbrar al público a presenciar milagros semanalmente es que no se puede rebajar la dosis. Si bajas el listón, estás acabado. Y el listón de Kiko estaba muy alto. Los defensas habían aprendido a contrarrestar sus equilibrios de funambulista sobre la línea de cal con artes marciales y sabían a dónde disparar: a los tobillos. De ahí brotaban los conejos y ahí dirigieron los cartuchazos. No fue una patada lo que le llevó al quirófano. Fue la acumulación de ocho años recibiendo estopa de sucesivas quintas de leñadores. Si la lesión hubiera sido producto de un lance del juego, como la del deportivista Manuel Pablo, cuya imagen sujetándose con una mano la pierna tronzada impactó a los telespectadores, Kiko hubiera inspirado lástima. Pero no. Se operó cuando ya estaba harto de jugar infiltrado; cuando ya no soportaba más un dolor que no se apreciaba por televisión y que, por tanto, no inspiraba piedad; cuando los médicos le advirtieron que se quedaría cojo si demoraba más la intervención. Así que encima tuvo que aguantar, cuando la rehabilitación se alargó más de lo previsto, que le llamaran egoísta por haber dejado a su equipo en la estacada en el peor momento. “Me han llegado a decir que fui un tonto por operarme. Que me cavé yo solito la tumba. Pero si no me opero, ahora estaría andando con muletas”. Comandado por un presidente que repartía su tiempo entre el despacho y la cárcel, el Atleti se fue a segunda. Los jugadores dijeron sálvese quien pueda y hubo desbandada general. Kiko se quedó. Renunció a su sueldo. Prestó su imagen para el cartel del añito en el infierno. Y se quemó en las llamas. Sus últimos meses en el Atlético de Madrid representan una de las páginas más mezquinas de la historia del deporte español. Amenazado por los ultras e insultado con bajezas de una calaña inédita incluso para lo que se oye en los campos de fútbol, fue el chivo expiatorio por la nueva frustración de que el club no ascendiera. “Todavía hay aficionados del Atleti que me paran por la calle y me piden disculpas por todo lo que sufrí. Pero quienes peor lo pasaron fueron mi mujer, Patricia, y mi hija Aitana”. Kiko pidió irse y renunció a un contrato de ensueño. Hubiera cobrado mil millones si el Atlético recupera este año la máxima categoría. “Miguel, mi padre, que también es mi representante, me quería matar. Yo podía haberme quedado. Si el entrenador no contaba conmigo, hubiera visto los partidos en la grada y a cobrar. Pero prefiero tener la conciencia tranquila”. No hubo homenaje. Una miserable rueda de prensa, sin directivos, fue la despedida de alguien que lo había dado todo por el club. Cuentan que en el despacho de Gil se descorcharon botellas de champán cuando Kiko salió con la carta de libertad. “¿Habrá alguien tan colgado que confíe en mí y me fiche?”, se preguntó en voz alta el jerezano. Eso fue en junio. Pero aún no había tocado fondo. Sucesivamente se interesaron por él clubes italianos como el Lazio, alemanes, turcos, mexicanos, ingleses. Los mercaderes lo ninguneaban como un saldo en las rebajas. Carne de estadística: delantero, 79 kilos, no ha marcado un solo gol en las dos últimas temporadas. Los doctores lo examinaban con recelo. “En Milán pasé ocho horas en un hospital. Me dilataron las pupilas con unas gotas y estuve dos horas perdido en los pasillos, medio ciego”. Casi firma por el Bolton inglés. “Pero miré el parte meteorológico y vi que había llovido 87 días seguidos. Qué tristeza”. Si hubiera sido un club de Londres, se hubiera mudado con su familia sin pensarlo. Pero allá, en aquella campiña grisácea, con un horizonte de chimeneas metalúrgicas… Y Kiko pensó sinceramente que tal vez le había llegado la hora como futbolista. “Estoy metido en un laberinto. Llevo demasiado tiempo sin disfrutar de mi trabajo”. Y en éstas que le llama Juanito y le dice: “Prueba en Almendralejo, figura”. Y ahí está. Entrenando en doble sesión. Por la mañana con sus compañeros. Por la tarde en solitario, a las órdenes del preparador físico, Jaime Velasco, que lo piropea mientras corre a su lado, dosificando al milímetro su esfuerzo. Anochece en la ciudad deportiva y los adolescentes de las categorías inferiores lo miran desde la banda con timidez. Kiko pasa a su lado, trotando y exhalando nubes de vapor como una locomotora. Les guiña el ojo. “Qué alto es”. “Pero viene muy tocado. Ya veremos”. “¡Qué dices, ‘chalao’! Si se aprende sólo de verlo correr”, comentan en voz baja. Kiko quiso dejar las cosas claras nada más llegar. Antes de firmar el contrato Juanito le preguntó: “¿Cuánto pides?” Y él replicó: “No, cuánto podéis pagar sin tocar los sueldos del resto de la plantilla. No he venido aquí a fastidiar a la gente”. Y se reunió con los tres jugadores más veteranos, los capitanes, para explicarles que no cobraría un duro hasta junio. “Vendrán ojeadores a verme. Si no me fichan a mí, por lo menos verán a los chavales jóvenes y a lo mejor alguno se convierte en estrella”. Con las prisas aún no ha tenido tiempo de instalarse y ha vivido en casa de Juanito, haciendo de canguro de sus cinco hijos y embromando a Nieves, la mujer del ‘presi’, mientras ven Betty La Fea en familia. Las cuatro niñas imitan la pose del arquero y el pequeño le echa los brazos al cuello para que lo tome. El pescuezo de Kiko, llamado ‘El Pescui’ por su grosor, tuvo club de fans. Kiko pasó por la farmacia para comprar jalea real y por la mercería para adquirir calzoncillos, porque se vino con lo puesto para escuchar la oferta de Juanito y al día siguiente ya estaba entrenando. Almendralejo está de enhorabuena. Sus 27.000 habitantes reciben una atención mediática inusitada. Un poquito de publicidad para las aceitunas y los buenos vinos de la Tierra de Barros que no rompe la paz de esta localidad con nidos de cigüeña en el casco urbano. Kiko tapea en los bares como cualquier hijo de vecino. En cuanto pisa la calle un vendaval de críos le pide autógrafos. El club está haciendo nuevos socios y hasta los pastores leen la prensa. Por la carretera pasan camiones con olivos camino de otros campos, las raíces terrosas preparadas para el trasplante. Todavía es una incógnica si Kiko arraigará aquí, pero de lo que no hay duda es de que vuelve a generar ilusión. ¿Hará El Arquero cuando marque su primer gol? Si es que lo marca, dicen los escépticos. Pero los fieles aseguran que, en la penumbra del vestuario, la varita tatuada del mago vuelve a irradiar destellos verdes.
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17-05-2008 18:29:31
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